La “difícil” ciencia del perdón

La ciencia de la misericordia, del amor y del perdón. Es una ciencia cuyo aprendizaje dura la existencia entera, porque en cualquier momento de la vida nos puede acechar la garra del odio o de la desesperación en el dolor. ¿Cómo amar a quien te ha difamado o calumniado, sea privada o públicamente? ¿Cómo perdonar a quien, en tu ausencia, ha entrado en tu casa y te ha saqueado? ¿Cómo amar a un pedófilo, que ha querido abusar de tus hijos o de los de tus vecinos y amigos? ¿Cómo perdonar a quien ha metido a tu hija por el negro túnel de la drogadicción, destruyéndola así junto con tu familia? ¿Cómo perdonar a un terrorista que ha matado a inocentes?… Estas preguntas, y otras semejantes, muestran cuán difícil es la ciencia del perdón cristiano.

Pero sabemos que si quieres el mundo mejor, tenemos que perdonar.  Si  conseguimos el aprobado en esta dura y extraña ciencia, habrémos creado un clima para un mundo mejor. Si aún estamos lejos de conseguir el aprobado, no nos desalentemos. Mantengamos en primer lugar la decisión y la voluntad de aprender esta misteriosa ciencia, a pesar de todos los obstáculos que encontremos. Entrenemos, hagamos a diario el pequeño ejercicio en el perdonar a otros las pequeñas faltas ; faltas pequeñas de respeto o de atención, las bromas pesadas que alguien nos pueda hacer, etc., para ir creciendo y ensanchando nuestra capacidad mediante el ejercicio.
¡Maravillosa ciencia!. Con el perdón de la ofensa, toda la humanidad en cierto modo se mejora y dignifica.

2 Respuestas a “La “difícil” ciencia del perdón

  1. Lucas 15,1-3.11-32.
    Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
    Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.
    Jesús les dijo entonces esta parábola:
    Jesús dijo también: “Un hombre tenía dos hijos.
    El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes.
    Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
    Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
    Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
    El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
    Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
    Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
    ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’.
    Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
    El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’.
    Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
    Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
    porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta.
    El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
    Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
    El le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
    El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
    pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
    ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’.
    Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
    Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'”.

  2. (Tomado del blog de Hilari Raguer
    Parábola del padre misericordioso
    26.03.11
    (Lc 15,11-32)¿Un modelo de conversión? Se la suele llamar “parábola del hijo pródigo”, pero debiera llamarse más bien del “padre pródigo”, porque de los tres personajes (padre, hijo menor, hijo mayor), el primer protagonista es el padre, tal como en las dos parábolas precedentes el protagonista no es la oveja perdida sino el pastor, ni la moneda perdida sino la mujer que la busca. Y es ciertamente un padre pródigo, que da todo lo que tiene (sus bienes y más aún su amor) con generosidad ilimitada, sin esperar nada a cambio.

    En la predicación, misiones tradicionales y ciertas representaciones populares de la Pasión o el Nacimiento, y también en la liturgia cuaresmal, se utiliza esta parábola tan sentida para exhortar a la conversión. Pero, si bien nos fijamos, no es un modelo de conversión: el hijo mayor no regresa arrepentido de su mal proceder, sino acuciado por el hambre, tan sinvergüenza como cuando se marchó. La condición de hijo y la relación filial con su padre, las da por perdidas, pero piensa que su padre es un padrazo y, siquiera como jornalero, en la casa de su padre encontrará trabajo y podrá al menos comer, que es lo que más le interesa. Desdeluego, esto no es un modelo de conversión.

    ¿Un modelo de padre?

    Piensan entonces algunos que, si no es un modelo de conversión, se trata de un modelo del trato de los padres a sus hijos. Algunos padres sienten perturbada su conciencia, porque creen que obrar como el padre de la parábola podría resultar desmoralizador para los demás hijos.

    Y con razón: en una escuela de padres, suspenderían al de la parábola. Le dirían que él tiene la culpa de la vida viciosa del hijo menor. ¿Cómo se le ocurrió darle tanto dinero? Conociendo a su hijo, debía prever el mal uso que de él haría.

    No es éste tampoco el sentido genuino de la presente parábola.

    El Padre del cielo

    En realidad, este padre no es para nosotros modelo a imitar en la vida familiar, sino que, al contrario, lo que quiere decir la parábola es que tenemos en el cielo un Padre que nos ama tan desmedidamente que, si obrara así un padre de la tierra, lo tacharíamos de chalado y criticaríamos, con razón, su modo de tratar a sus hijos, porque los deseduca. Por eso la parábola describe con todo lujo de detalles las excesivas manifestaciones de su amor, que lo ponen casi en ridículo. Pero lo que en un padre de la tierra resultaría inaceptable, en el Padre del cielo es la pura realidad.

    Sorprende que Jesús haga del Padre un retrato casi caricaturesco, y en todo caso poco glorioso. Pero pensemos en el profeta Oseas, por cuya boca Dios se comparó a un marido que ama perdidamente a una mujer que le es infiel del modo más desvergonzado. El profeta, que sufría por aquel amor tan mal correspondido, recibió la inspiración divina de que lo que a él tanto le dolía era precisamente lo que a Yahvé le pasaba con su pueblo.

    Con todo, hay a menudo en los padres de la tierra, y quizás más aún en las madres, como un reflejo del amor gratuito de nuestro Padre del cielo. Algo de esto se expresa en aquel proverbio árabe que pregunta cuál es el hijo más querido, y responde: “El pequeño, hasta que se hace mayor; el enfermo, hasta que sana; el ausente, hasta que regresa”.

    Tres niveles de interpretación

    Conviene recordar la preciosa introducción que Lucas antepone a las tres parábolas de la misericordia para informarnos del contexto histórico en que Jesús las dijo y del tipo de personas a las que las dirigió: “Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola.” (Lc 15,1-2). De ahí los tres niveles de interpretación de la parábola:

    1º Apologético. Jesús se defiende de aquellas críticas alegando, con esta parábola, que su modo de proceder bondadoso no es más que un reflejo del modo de ser y obrar de Dios. Antes que un juez severo, Dios es un padre amoroso. “Mi Padre es así – viene a decirles -, y yo soy como mi Padre”. Cuando le acusaban de trabajar en sábado por haber curado a un enfermo, respondió que su Padre trabaja sin cesar, y añadió: “Os aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino lo que ve hacer al Padre; lo que éste hace, lo hacer igualmente el Hijo” (Jn 5,19). Se defiende comparándose a un niño que juega a imitar a su padre.

    2º Cristológico. Con esta parábola, Jesús abre su corazón y se retrata a sí mismo. Acepta la responsabilidad de ser bueno y compasivo, como cuando dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,29-30). A la vez, caracteriza el Reino que él proclama e instaura con su predicación y con su modo de obrar. A diferencia de los reinos de la tierra, y del Reino de Dios tal como los judíos se lo imaginaban, el Reino que Jesús anuncia es de bondad y misericordia. A este nivel, la parábola no es sólo una lección de teología, sino un retrato de la psicología humana de Jesús de Nazaret.

    3º Teológico. Sobre todo, la parábola habla de Dios, el Padre, que a todos ama, que hace salir el sol sobre justos y pecadores y llueve sobre justos e injustos, que se inclina con especial amor sobre niños, pobres y pecadores, en fuerte contraste con la idea común entre los judíos de un juez terrible. El tema principal y más original de la predicación de Jesús era éste: el Padre. Con esta parábola Jesús explica, de modo simplicísimo y emotivo, lo más característico del modo de ser del Padre. Por encima de todo, mucho más que moralizante, esta parábola es teocéntrica.

    ¿Una parábola de la misericordia?

    Según una interpretación muy extendida, sería una emotiva parábola de la misericordia de Dios, como lo son las precedentes de la oveja perdida y la moneda perdida. Así se podría entender si acabara con el happy end (final feliz) del v. 24: “…y comenzaron la fiesta”. Sería un hermoso final, con la amorosa acogida que el padre dispensa al hijo malo y el banquete para celebrar su recuperación. Pero la parábola tiene una segunda parte, que suele pasar más desapercibida, pero que es más importante que la primera.

    La segunda parte

    Hay cuatro parábolas que tienen dos “jorobas”, es decir, que cuando parece que acaban tienen una segunda parte (ésta, el rico que banqueteaba y el poble Lázaro, los jornaleros de la viña, el invitado al banquete que no vestía adecuadamente). En todas ellas, la segunda parte es la más importante, y la primera sirve sólo para preparar la segunda.

    El hijo mayor

    La segunda parte habla del hijo mayor, el “bueno”, que no quiere participar en la fiesta de la vuelta de su hermano. El padre, con el mismo amor con que había salido al encuentro del hijo menor al divisarlo de lejos, sale ahora a tratar de convencer al mayor para que entre. Pero éste le suelta un discurso mezquino, que corresponde a la mentalidad religiosa de los fariseos a los que Jesús dedicó esta parábola (v. 1) y al de la parábola del fariseo y el publicano (18,9-14). La respuesta del padre expresa su profundo dolor ante tal reacción.

    ¿Cuál de los dos hijos ocasiona a su padre un mayor disgusto?

    Una parábola inconclusa

    Lucas es un excelente escritor, y ha pintado de mano maestra el cuadro tanto del padre, como de cada uno de los dos hijos. Pero así como el relato hubiera acabado muy redondo con el feliz final del v. 24, ahora queda cortado, sin respuesta a las últimas palabras del padre. Esto ha de responder a alguna intención importante.

    Múltiples finales posibles

    La parábola queda abierta a mútiples finales posibles. Nosotros esperaríamos, y quisiéramos, que el hijo mayor se dejara convencer por el sentido reproche del padre, entrara, se abrazaran los tres, lloraran y rieran a la vez y vivieran unidos y felices por siempre jamás. Así lo representan algunos artistas, y así sucede en aquellas representaciones escénicas populares. Pero el evangelio no lo dice, y deja pendientes varias cuestiones:

    – El hijo menor, que había regresado tan sinvergüenza como cuando se fue, ¿se convirtió de corazón al ver cómo su padre lo recibía?

    – ¿Entró, finalmente, el hijo mayor?

    – Suponiendo que entrara, ¿lo hizo convencido por los argumentos de su padre y se reconcilió con su hermano, o bien entró tan sólo para defender lo que quedaba de la herencia, para que su padre no la dividiera otra vez?

    – Si entró y se reconcilió con su hermano ¿lo hicieron tal vez para confabularse y echar de casa a su padre? (¡no sería el único caso!; desde luego, sería para instalarlo en una residencia donde no le faltaría lo necesario…).

    La trampa

    Las parábolas de Jesús son trampas que nos pillan desprevenidos. Los biblistas, que suelen ser profesores, tienden a considerar a Jesús sólo como un hábil maestro, y a las parábolas como uno de sus mejores trucos pedagógicos, mediante los cuales transmitía con suma claridad su doctrina. Cierto que Jesús era un buen maestro, y que sus parábolas son muy pedagógicas, pero la intención principal con que las contaba no era enseñar sino convertir. La parábola no termina con un “¿ha quedado claro?”, sino, como en la parábola del buen samaritano, con un “¡…y ahora, haz tú lo mismo!” (cf. 10,37).

    La parábola del padre misericordioso queda abierta a diversos finales posibles. Hay un posible final feliz, que es el que nosotros desearíamos, pero la parábola queda abierta a otras posibilidades; como cierta novela policíaca de Agatha Christie, en la que al final hay un capítulo adicional, en el que la autora dice que si algún lector lo prefiere, se puede hacer que el crimninal sea otro. La trampa radica en que, como historia que no te afecta personalmente, quisieras que acabara bien. Pero cuando has pensado lo hermoso que sería que el hermano mayor superara su mezquindad, el Señor te hace notar que tú también te comportas a veces tan ruinmente como él.

    Lucas era demasiado buen escritor para, después de haber llegado a un final equilibrado con el regreso del hijo menor, añadir la chapuza de una segunda parte que acaba tan bruscamente, con un interrogante sin respuesta. La única razón imaginable es que dejó expresamente abierta la conclusión de la parábola porque, entre las varias conclusiones posibles, cada lector, con su propio comportamiento con los hermanos, le pone un final propio. ¿Quieres que acabe bien? ¡Hazlo acabar bien con tu modo real de actuar!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s