San Valentín, día del amor
Sólo el amor hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual; pues sostiene sin fatiga la carga y hace dulce y sabroso todo…El amor no tiene medida, porque arde sobre toda medida. El amor no siente la carga, ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede; no se queja si le mandan lo imposible, pues cree que todo lo puede y le conviene. Es bueno para todo y muchas cosas ejecuta y pone por obra, en las cuales el que no es verdadero amador desfallece y cae…el amor siempre vela y durmiendo no se adormece. Fatigado no se cansa; angustiado no se angustia; espantado no se espanta, sino como viva llama y ardiente luz sube a lo alto y se remonta con seguridad…El verdadero amor nace siempre de una llamada divina. Porque “no hay cosa más dulce que el amor; nada más fuerte; nada más elevado; nada más extenso; nada más alegre; nada más lleno ni mejor en el cielo ni en la tierra: porque el amor nació de Dios y no puede aquietarse con todo lo creado, sino con el mismo Dios. 
Tener amor es saber soportar, ser bondadoso; es no tener envidia, no ser presumido, orgulloso, grosero o egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, soportarlo todo.
San Valentín fue un sacerdote mártir que casaba en secreto a parejas de jóvenes enamorados en el siglo III.
¿Pero… quien fue San Valentín? La verdad es que hay muy poca cosa de él.
Sabemos que era un sacerdote que nació en Roma a mediados del siglo III y que gozó de un gran prestigio en aquella ciudad hasta el punto que el emperador Claudio II lo invitó a su palacio para mantener una conversación y conocer de esta manera el porqué de su fama. Murió, ejecutado, en el año 270.